martes, enero 23, 2007

El Combate

El otro día tocó comida con el suegro, - ¡¡¡tachaaaaaaaaaaan!!! - que nos deleitó con una de sus visitas esporádicas. Si hay un nombre perfecto para mi suegro, ese es Manolo. Me viene a la cabeza el día que nos conocimos. La presentación oficial del novio de la niña a la familia. Si la familia es de pueblo la cosa se convierte en ceremonia rozando el ritual.

Yo iba decidido a su casa, sin saber quién me esperaría al otro lado del ring. Decidido, pero a la vez con ese hormigueo en la zona estomacal similar al que produce el primer desamor. Mi pelo largo, pendiente en la oreja izquierda, botas militares negras y vestimenta propia de los últimos coletazos de la moda grunge. Una pareja de amigos me acompañaban, mi entrenador El Pepe y la suturadora de heridas, La Coronela. “Animo! este combate es tuyo, no olvides el gancho de derecha!” – me gritaban – “¡Eres el mejor!”. La verdad que conforme pasaba el tiempo, crecía el hormigueo.

Llegamos al ring. Aún caminaba hacia mi esquina cuando mi cuñada, La Woman Proper, cogió el micrófono y anunció mi entrada a los cuatro vientos:

“Con un peso de 80 kilos, pálido y con cara descompuestaaaaaaaaaaaa, el novio de la Sargentaaaaaaaa”.

Allí estaba yo, en mi esquina, sentadito y tapadito con las faldas de una mesa camilla, brasero incluido. De repente apareció mi contrincante. Yo iba relativamente preparado para lo peor, había entrenado duramente las pasadas semanas, pensando en la inminente llegada del momento y me sentía preparado física y psicológicamente, pero cuando vislumbré lo que iba a cruzar las cuerdas del ring, mis cojones cayeron al suelo. Su aspecto era aterrador, bajito pero recio, piel con la misma textura que la corteza de un roble, curtida por el mismo sol que mantenía fuertes los olivares de la zona. La vestimenta no era precisamente pájaro de buen agüero. Pantalones de pana color ocre, camisa a cuadros, rebeca verde olivar y un calzado con el que podría cruzar los Alpes sin apenas despeinarse. En su esquina y bien a la vista, una escopeta de cartuchos aún humeante, cinco conejos y tres perdices, que precisamente no corrían ni revoloteaban. Conforme entraba al ring, su mirada, que apuntaba al suelo inicialmente, fue alzándose, al mismo tiempo que su semblante tomaba matices sádicos, hasta que alcanzó mis ojos. Fue entonces cuando un afilado cuchillo de carnicero cortó mi ser por la mitad y una ráfaga de aire congelado me secó mis fosas nasales. Todas las puertas de la casa se cerraron de golpe estrepitósamente. Allí estabamos y no había marcha atrás. Una mezcla entre Frodo Bolson y Paco Martinez Soria cabreado y yo. No había color.

Hechas las presentaciones por parte de La Sargenta y habiendo recogido y enfundado mis pelotas, me dirigí al centro del ring, al mismo tiempo que él avanzaba. Cada paso que daba acentuaban los vaivenes de la lámpara colgante. Mi entrenador y suturadora esperaban en mi esquina, uno con la toalla en la mano y la otra con aguja e hilo quirúrgico. Mejor no mirar a atrás. Llegó el momento del saludo, ofrecí mi cálida mano e intenté poner la mejor de mis sonrisas intentando ocultar el miedo escénico. Una gota de sudor frio recorría mi rostro, o dos. Fue entonces cuando despegó su mano derecha de su espalda y mis cojones volvieron a caer al suelo ante el panorama. ¡Dios mio, aquello no era una mano, era un muestrario de morcillas de Burgos!. Ni en un seminario de monjas había visto tanto callo junto. Los segundos pasaban y se hizo contacto al tiempo que recolocaba de nuevo mis pelotas con la mano izquierda. Sus labios, que parecían de esparto, empezaron a separarse y dijo “Hola”. Parecía soportable, sino fuera por la voz de ultratumba. “Brpbrpr tardes...” dije yo, esta vez los cojones no fueron al suelo, sino justo en la parte frontal de mi garganta. Nuestras manos se separaron y Manolo se sentó lentamente en su trono, la butaca-mecedora frente al Telefunken pantalla extracurva. Ahí terminó todo. Ganador por K.O. técnico, Manolo.

En fin, el tiempo ha pasado, nos hemos ido conociendo y ya hasta me resulta entrañable, me deja que le de collejas de vez en cuando al tiempo que me recuerda todos los años que se acerca la Semana Santa y que me van a crucificar (por mi según él parecido a Cristo). Yo le saco vuelos baratos por internet y el me resuelve alguna que otra chapuza casera. Somos distintos, pensamos de distinta forma, pero eso no hace que no brindemos con una buena copa de vino y ante un suculento plato de los montes hasta el fin de los tiempos. Por eso valoro y doy tanta importancia al tener amigos a tutiplén, porque cada uno de ellos te enseña algo que desconoces. Tomen nota.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

bueno kurro lo tuyo fue,en cierto modo ,una presentacion.ke para tu informacion y consejo ke doy ,se hace en terreno neutral,y menos en cumpleaños y demas festejos varipintos alos ke un melenudo de la old escuela,no debe ir jamas.lo mio fue muy sensillo:conoces al lucas no?para kien no, mediana altura,corpulento y una prominente barba.pues bien este señor entra a su casa ,señalo SU CASA y se encuentra la similar estampa,un notas con melenas,durmiendo en SU SOFA(refregando esos pinrreles con el sudor malageño ke los caracteriza)por los cogines donde este señor reposa su apreciada cabellera,y por supuesto mi inseparable amiga : la baba.ke recorria toda la parte izkierda de la cara.en un impulso sobre humano me levante,mas kisiera jackie cham.
y me presente con la siguiente frase:como dice anthony blade esto ke acaban de ver asido parte de su imaginacion , buenas tardes y hasta luego lucas

Anónimo dijo...

jajajaja, anda que ya te faleeeeeee!!!