viernes, junio 08, 2007

Padel. Tiembla Aznar, tiembla...

Aprovechando la estancia de otra de mis cuñadas en las cercanías de mi feudo, que a la par supone largas tertulias entre las féminas del clan familiar de La Sargenta en las cuales me niego a ejercer de moderador y mucho menos de mero espectador, me he aficionado al padel.

Resulta que mi amigo River tiene un piso la mar de majo en una próspera urbanización, con su piscinita, su recinto cerrado, su trastero, su garaje, su hipóteca a 30 años y su pista de padel. Así que para hacerle rentable el pago de la comunidad, me he ofrecido junto al Osito Filósofo y Job como compañero de juego.

Y allí estábamos, uno con el chandal de los 80, otro con un polo caballito incorporado, otro con medio Decarton en lo alto y servidor en bañador azul y calcetines marrones. Era hora de quitarle óxido a nuestras rótulas. He de reconocer que en principio me temía lo peor, pero a la larga no fue así. Encima es divertido. Ver correr hacia una dejada a River rojo como un tomate tiene su chicha. Por otra parte, tiene su peligro, sobre todo si has jugado al tenis antes. Una bola larga, por inercia, te puede hacer pegar tu carrerita hacia la linea de fondo. Pero aquí no hay fondo, aquí en el mejor de los casos hay una pared de metraquilato. Fue el caso de Job. Aún está marcado su hombro derecho del chochazo que metió. Algo mas abajo se vislumbra parte de su cadera.

Trás el toque de control de las 20:30 de nuestras nunca bien veneradas parientas, había que reponer las sales minerales perdidas en la faena. Así que acudimos a la llamada de la cerveza. Después de eso, el catre me esperaba con los brazos abiertos.

Espero que con esto no se me pegue el acento del Nadal.

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