La Parienta se está sacando el carnét de conducir. Ahí va ella, con sus treinta primaveras rumbo al asfalto. Olé su coño. Como no podía ser de otra forma, su hermana gemela, La Woman Proper, también se subió al carro. Yo creo que antaño fueron siamesas, quizás unidas por el cerebro y claro, media ración para cada una. Eso explicaría muchas cosas.
El panorama está como sigue. Por las tardes La Parienta acude cual corderito blanco saltarín que corretea por los campos hacia la autoescuela. La Woman Proper vestida de pastorcilla para la ocasión hace de guía. Allí se empapan de una hora de clase teórica, que según dicen, las da un profesor “mu apañao”, o sea, que viste con camisa por dentro, maneja pelo corto y tiene experiencia en la enseñanza primaria. Al finalizar vienen a casa, discutiendo si ese paso con barreras las obligaría a ceder el paso a cualquier tranvía o solamente a los que viniesen por su derecha. Una sonrisa de oreja a oreja las invade cuando alcanzan el consenso. Mientras, mi corrupta mente imagina la cómica situación:
- “Niña, que viene el AVE”.
- “¿Por la derecha?”
- “No se, ¿la derecha que mano es?”
Una vez acomodadas y habiéndome enviado a ordenar mi cuarto por Decreto Ley, sacan sus libros de test y proceden al testeo (valga la redundancia) de la clase teórica del día. Media horita calladas. ¡Que gran invento esto del carnét! Se sabe que lo bueno no dura mucho, así que servidor se les ofrece como “voluntario” para la corrección. Job, mi concuñado, está de pesca con un amiguete, aprende rápido el jodio.
En fin, después de explicarles que lo mejor para la salud en caso de que la barrera esté bajando es parar y que un tio montado a caballo no es un vehículo aunque se llame Ford, realizo el cómputo final de tan lindas señoritas. 16 y 18 aciertos de 30 preguntas de 2 y 3 opciones. Podría haber sido peor. Al menos una de ellas paró al ver pasar el tranvía.
Sigan jugando, hay miles de premios escondidos bajo la tapa del yogourt.
martes, febrero 20, 2007
jueves, febrero 08, 2007
El mail de la ducha
Recibí un gracioso correo hace un par de semanas en las que se relataba las diferencias entre un hombre y una mujer a la hora de ducharse. Me descojonaba con la lectura a la vez que hacia las propias comparaciones oportunas.
La Parienta opta por el sistema “dos tiempos”.
En el primero se sitúa a pies de la bañera, inclina medio cuerpo y procede al limpiado y aseado de su cuero cabelludo, dos veces. No hace falta que diga lo que se me pasa por la cabeza cuando la veo en semejante posición. Sin posible escapatoria además, “o esto o te comes la cerámica, tu misma”, tendría que decirle más de una vez. En fin, procuro contenerme, pero el rozamiento a lo macho dominante no me lo quita ni dios.
En el segundo tiempo, La Parienta se desnuda en el cuarto, se rodea con una toalla a modo rollito de primavera y hace lo propio con otra a modo turbante, se enfunda unas zapatillas para la ocasión, recoge la ropa sucia y se dirige hacia el cuarto de baño. Allí deposita la mercancía en el cesto y al agua patos. A la media hora (yo creo que allí me la está pegando con alguien que se esconde en el cesto, porque no es normal) sale con la misma vestimenta y procede al secado y cepillado capilar en el dormitorio.
Mi estilo es distinto. Para el desnudo uso el método de las tres capas. En un sólo movimiento logro sacarme camiseta interior, camisa y jersey. Este módulo de capas acaba debajo del lavabo. En otro movimiento similar saco calzoncillos, pantalón y calcetines. Este otro módulo rellena el espacio que hay entre la pared y la parte posterior del bater. Ahora viene el salto de la rana, conforme pongo el primer pie en el suelo, el frío de los cojones me produce una serie de espasmos musculares, o más bien brincos, que me dirigen al interior de la bañera.
Una vez dentro y en honor a la religión cristiana a la que pertenezco (o eso dijo el cura) sigo el procedimiento del lavado santiguado, es decir, primero la cabeza, sigo con el tandem cojones-culo y al final los sobacos. Primero el izquierdo, luego el derecho y Amén. Rocío un buen chorro de champú en las manos y con el cuidado y precisión de los grandes relojeros suizos lo restriego por la cabeza, intentando evitar que el puto champú medio congelado comience a gotearme por la espalda. Aquí dentro los espasmos ya son palabras mayores, ¡cuidao!. Con la cabeza estilo Papa Noel afro procedo al lavado del Mato Grosso y del Valle de Abdalajis. Aquí gasto la mitad del tiempo, hay que cuidar los espacios forestales y nuestro medio ambiente. Finalmente, los frotamientos laterales, incorporando algo de gel si la espuma ya generada no es suficiente. Los pies prácticamente se lavan con lo que va cayendo, es lo que tiene la gravedad, pero entre dedo y dedo algo hay que currar.
El secado sigue el mismo curso que el lavado santiguado. Una vez terminado y goteando, salgo del cuarto de baño al estilo Tarzán y si me encuentro a Jane por el camino le enseño la liana a ver si se agarra. Yo es que tengo una curiosa habilidad, moviendo las nalgas y sin usar las manos consigo que aquello haga unos movimientos circulares la mar de graciosos. Vaya, yo me descojono. La Parienta o pone cara de asco o se ríe, según le dé. Esto es como el tiempo, hay días que llueve y días en los que reina el sol.
Entrañables son los momentos que pasa una pareja en un cuarto de baño, quizás sea allí donde se detecta el máximo exponencial de aquello que llaman amor, o “soportamiento mutuo”. Un peo por aquí, un tampax por allá, un “¡nene ahora no, siempre igual!” un “¡cierra la puerta, ostias, con la rasca que entra!”...
Que bello es vivir y que llenas de color son las mañanicas.
La Parienta opta por el sistema “dos tiempos”.
En el primero se sitúa a pies de la bañera, inclina medio cuerpo y procede al limpiado y aseado de su cuero cabelludo, dos veces. No hace falta que diga lo que se me pasa por la cabeza cuando la veo en semejante posición. Sin posible escapatoria además, “o esto o te comes la cerámica, tu misma”, tendría que decirle más de una vez. En fin, procuro contenerme, pero el rozamiento a lo macho dominante no me lo quita ni dios.
En el segundo tiempo, La Parienta se desnuda en el cuarto, se rodea con una toalla a modo rollito de primavera y hace lo propio con otra a modo turbante, se enfunda unas zapatillas para la ocasión, recoge la ropa sucia y se dirige hacia el cuarto de baño. Allí deposita la mercancía en el cesto y al agua patos. A la media hora (yo creo que allí me la está pegando con alguien que se esconde en el cesto, porque no es normal) sale con la misma vestimenta y procede al secado y cepillado capilar en el dormitorio.
Mi estilo es distinto. Para el desnudo uso el método de las tres capas. En un sólo movimiento logro sacarme camiseta interior, camisa y jersey. Este módulo de capas acaba debajo del lavabo. En otro movimiento similar saco calzoncillos, pantalón y calcetines. Este otro módulo rellena el espacio que hay entre la pared y la parte posterior del bater. Ahora viene el salto de la rana, conforme pongo el primer pie en el suelo, el frío de los cojones me produce una serie de espasmos musculares, o más bien brincos, que me dirigen al interior de la bañera.
Una vez dentro y en honor a la religión cristiana a la que pertenezco (o eso dijo el cura) sigo el procedimiento del lavado santiguado, es decir, primero la cabeza, sigo con el tandem cojones-culo y al final los sobacos. Primero el izquierdo, luego el derecho y Amén. Rocío un buen chorro de champú en las manos y con el cuidado y precisión de los grandes relojeros suizos lo restriego por la cabeza, intentando evitar que el puto champú medio congelado comience a gotearme por la espalda. Aquí dentro los espasmos ya son palabras mayores, ¡cuidao!. Con la cabeza estilo Papa Noel afro procedo al lavado del Mato Grosso y del Valle de Abdalajis. Aquí gasto la mitad del tiempo, hay que cuidar los espacios forestales y nuestro medio ambiente. Finalmente, los frotamientos laterales, incorporando algo de gel si la espuma ya generada no es suficiente. Los pies prácticamente se lavan con lo que va cayendo, es lo que tiene la gravedad, pero entre dedo y dedo algo hay que currar.
El secado sigue el mismo curso que el lavado santiguado. Una vez terminado y goteando, salgo del cuarto de baño al estilo Tarzán y si me encuentro a Jane por el camino le enseño la liana a ver si se agarra. Yo es que tengo una curiosa habilidad, moviendo las nalgas y sin usar las manos consigo que aquello haga unos movimientos circulares la mar de graciosos. Vaya, yo me descojono. La Parienta o pone cara de asco o se ríe, según le dé. Esto es como el tiempo, hay días que llueve y días en los que reina el sol.
Entrañables son los momentos que pasa una pareja en un cuarto de baño, quizás sea allí donde se detecta el máximo exponencial de aquello que llaman amor, o “soportamiento mutuo”. Un peo por aquí, un tampax por allá, un “¡nene ahora no, siempre igual!” un “¡cierra la puerta, ostias, con la rasca que entra!”...
Que bello es vivir y que llenas de color son las mañanicas.
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